miércoles, diciembre 1

Hacer el amor...

"Amor est vitae essentia."

Princesa,

como hombre no te negaré que me gusta hacer el amor, como una primitiva respuesta de mis instintos, cuando convierten a mi cuerpo en un instrumento entregado y pasional. Pero con los años, he aprendido que también se puede hacer el amor, y gozar tanto o más, en la esencia de las cosas sencillas, en las que muchas veces no reparamos y que son el comburente necesario para mantener viva la llama del amor.

Me gusta hacer amor, en una mirada. En una mirada cómplice de tus ojos y tus labios. Una mirada sin escenarios, ni melodías, tan solo tu ojos y los míos. Y es cuando nuestras miradas son capaces de compartir el mismo rayo de luz, que mi piel se eriza, y un suspiro colma mi alma de gozo supraterrenal.

También me gusta hacerte el amor, en un paseo. En un paseo, acompasados nuestros cuerpos, y nuestras pisadas. Dos cuerpos y una sola sombra, cuyo contorno dibuja el movimiento tranquilo, mientras el crujir del manto de las hojas caídas en un otoño primaveral, bajo nuestras suelas, nos entrega la melodía insuperable.

Pero si hay una postura, deseada para hacer el amor, esa es tu risa. En la elocuencia de una situación, en una comicidad cómplice, en un recuerdo común, o sencillamente, una sonrisa entregada, sin más pretensión que compartirla...

Eso preciso esta noche, tu simple risa, para acostarme en ella y soñarte...

Buenas noches, Princesa

Te besa,

Tu Mosquetero

martes, noviembre 30

Un abrazo...

"Spem nemo emit"
Publius Terentius Afer

Princesa,

vestido camina de sencillez mi deseo, y tras sus huellas, imita su paso, el andar de mi cuerpo desnudo de afecto.

Es hoy, un abrazo, el anhelo humilde que llena mi noche, huyendo de imposibles besos, caricias y palabras. Pero no es un débil abrazo el que preciso, sino uno de esos que solo sabe entregar un viento gélido, cuando es capaz de colarse por poros de las ropas, atravesando carnes, tejidos y músculos, para apretar con fuerza los huesos y convertirlos en frío aluminio, mientras en ese medio suspiro, asesina la vida, para resucitarla al instante siguiente.

Un abrazo... ese es, mi deseo vehemente.


Buenas noches, Princesa

lunes, noviembre 29

Un cuerpo, una pared...

"Qui dammnare potest is absolvendi 
quoque potestatem habet"
Princesa...

biengasta un instante en descubrir un cuerpo atrapado por una pared.

Una pared infinita, sin rugosidades, carente de color y aristas. Una pared gélidamente pusilánime. Sin ventanas ni aun rendijas, sin hendiduras para poder escalarla. Una pared circular y que aunque carece de techo, es tan elevada que al mirar arriba se transforma en un infinito cónico.

Un cuerpo desnudo tumbado en el suelo. Con el dorso curvado, dejando a la vista, una a una, las vértebras que parecen querer desgarrar la piel y escapar. Las piernas encogidas y apretadas contra el torso, mientras la cabeza está hundida y escondida bajo unos brazos que la aprietan desesperados. Flota ese cuerpo sobre un charco de lágrimas cristalizadas, que reflejan en el suelo, la estructura que lo envuelve, para burlarse de las miradas que reverberan desde el piso. Los dedos ensangrentados por intentar baldíamente rasgar la pared pretendiendo una ascensión imposible, se hallan enredados en mechones de cabello pegajosos, ungidos por una seca sangre coagulada. Músculos acalambrados por tratar de saltar lo más alto posible y estrellarse,  miles de veces, contra contra una fortaleza hecha tabique. La voz, se acalló en una afonía provocada por eternos gritos afligidos, demandando un auxilio más que improbable. Y los ojos, los ojos ya no miran. Permanecen cerrados, por no enloquecer con una visión perversamente repetida.

El tiempo ausente, la vida detenida...

Mientras tanto, mi alma luce distante desde su abosolución corpórea, perdiendo sus hojas, encadenada a un inmortal otoño. Y contempla este escenario, sin abandonar de su pensamiento, ese cuerpo que es el suyo, y esa maldita pared, que es el silencio al que tú le tienes condenado...

Buenas noches, Princesa

te besa,

Tu mosquetero

domingo, noviembre 28

Mi juicio...

"Alea jacta est"
Menandro

Princesa,

y al instante siguiente a morir, comenzó el juicio de mi vida. Aconteció en una gran sala pintada en ocres, de alto techo blanco repleto de artesonadas y celosías.

Delante de mi un juez sin rostro, con peluca y negra toga. En su mesa y a su derecha dispuesto un mazo de madera, descansado sobre el plato repleto de señales de cientos de golpes previos.

A mi derecha, una mesa vacía, y justo detrás de ella, pude identificar a todas las personas a las que en algún episodio de mi vida, dañé de una u otra forma. Era curioso, porque todos tenían la edad del momento en que se produjo mi agravio. Vi niños, jóvenes, adultos y ancianos. Me asombré, no pude contarlos, porque no pude ni mirarlos. Me asusté, estaba claro que sería un procedimiento sumarísimo, como esos que recordaba de los juicios de las grandes guerras.

Uno a uno, fueron pasando mis agraviados, y explicando, con detalle el mal que en su día les causé. Hubo de todo, desde los que no recordaba, hasta los que me avergoncé de escuchar. Desfilaron en orden cronológico, como en un resumen de mi existir en el mundo.

Fui incapaz de medir el tiempo que transcurrió, con la extraña sensación, como si en aquel estadio, en que nos encontrábamos, el tiempo pareciera no discurrir.

Una vez acabaron, se hizo un gran silencio. Un silencio de esos que atruenan y hieren. El juez, lo quebró con una voz solemne cediéndome la palabra.

Durante muchos años me tocó orar en público. Pero siempre fui una persona de discursos preparados. Siempre medí previamente, cada palabra y cada entonación, para controlar de una manera casi obsesiva el mensaje que quería transmitir.

Y qué paradoja, me hallaba justo a comenzar, el discurso más importante de mi vida, y no tenía unos folios delante preparados. Tenía que improvisar e improvisé:

-Me habéis mostrado todos los males que infringí en mi vida. A algunos pedí perdón en su día, a otros ni os recordaba, y otros tantos, reconozco que os dañé a sabiendas. No sé si en este momento, el perdón llegará tiempo, pero eso lo único que puedo pediros. También os diré que seguramente, si se hubiesen presentado en este juicio, todos aquellos que en mi vida hice algún bien, bien cierto es, que desequilibrarían la balanza a su favor.

Después se volvió a llenar la sala de silencio. Y fue cuando el juez se levantó y tomó la palabra, diciendo:

-El bien que hiciste en tu vida, en ella ya encontraste su recompensa. Pero como ves hay muchos daños que todavía tras tu muerte siguen vivos. En este juicio, no se dictan sentencias, solo se te entrega tiempo. El tiempo necesario, para pensar, tú mismo, que condena mereces...

Y un segundo después, el martilló percutió con fuerza el plato...


Buenas noches, Princesa

Te besa,

Tu mosquetero